"prosas" Teresa Willms
...
Madrid.
Me muero! Al decirlo no experimento emoción alguna, por el contrario, me inclino curiosamente a contemplar el hecho como
si se tratara de un desconocido.
Si tubiera la capacidad de estudiar el fenómeno, podría asegurar que es mi conciencia la que ha desaparecido debilitando
mis sensaciones corporales, hasta hacerme creer que el cuero sólo vive por recuerdo.
No hay médico en el mundo que diagnostique mi mal; histeria, dicen unos, otros hiperestecia. Palabras, palabras, ellas
abundan en la ciencia.
Al escribir estas págninas una fuerza sobrenatural me ordena que imprima en ellas un nombre. No, no lo diré, me da miedo!
Cuando aparece este nombre en mi ciruclo nebuloso, se levantan mis manos con lentitud profética y fulguran bajo la noche
con estremecimientos sagrados.
¿Me muero estando ya muerta , o será mi vida muerte eterna?
. . .
Desperté sobresaltada. El reloj dió las dos, y esas dos campanadas severas, cayeron en mi cerebro como el anuncio del juicio
final.
Me levanté del lecho como se levanta un muerto de la tumba, empujada por una fuerza superior. Turbada de miesterio sin
saber que era de mi y donde estaba, quise huir, y en mi ansiedad loca tropecé en la obscuriad con un cuerpo que al caer dio
un golpe sexo.
Con las manos tendidads como los tentáculos de una larva, buscaba, en medio de las sombras, algo que me indicara un rumbo;
y mis ojos, desmesuradamente abiertos, querian agujerear la noche.
Mis pies no se movian, fijos estaban en el suelo, como dos pilares de bronce; una lluvia helada empapaba mi frente,
goteando sobre mis senos.
Despavorida, temlorosa, no encontrando salida al laberinto de mi alma, quise sucumbir. En ese momento hirio mi recuerdo
una belleza de mi infancia, y, como entonces, casi de rodillas, florecio en mis labios una plegaria; una honda plegaria;
a mi dios Anuari.
Con los parpados cerrados, los brazos en alto, en misticia uncion, mi alma imploro al cielo para que le diera el ansiado
reposo.
Pasaron muchas horas, tantas que los vivos tonos de la aurora envolvian de rosa a mi balcon.
Esaluz de la vida me hizo considerar la relaidad de los acontecimientos, y entonces solo me di cuenta que habia pasado la
noche toda en delirante extasis ante su retrato.
Con una sonrisa, de esas que por lo placidas parecen inspiradas en las estrellas, me volvi a mi lecho, llevando entre
mis brazos la adorada reliquia.
Dormi y me senti dichosa. Soñe que estaba muerta y que era como tu, una sombra ideal y buena.
Anuari. Eres feliz porque regalas a un alma las dos sensaciones mas intensa belleza; el dolor y la muerte.
Anueri, Anuari. Si poseyera yo una guadaña como aquella que tiene la muerte, me serviria de ella para decapitar todas las
flores del mundo, y depositarlas como un humilde homenaje sobre la losa que te esconde.
Por la noche, penetro en mi alcoba como en un templo, tan fervorosamente, que mis rodillas se doblan. Porque alli esta
tu retrato, mirandome con esa bondad ilimitada del perdon.
Beso el cristal helado, en el sitio que transparenta tu boca, y me regocijo en iluminar tus ojos con el reflejo de los mios,
brillantes de emocion.
Junto mis manos sobre tu frente, y en tragica conmocion del alma, imploro tu compañia, el calor de tu proteccion cerca de
mi lecho; y en fervoroso anhelo ruego al misterio para que tienda sobre el sudario del silencio.
Hablo con tu retrato, criatura mia, derramando sobre el cosas pueriles y profundas, como si fueran flores; lloro, rio y
sintiendote en mis brazos, te canto como si hubieras nacido de mi.
Y naces de mi; y para mi y en mi vives, porque para todos los demas estas muerto.
Te extraje de la sangre mas noble, de mi corazon y te uni a mi destino para siempre.
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