lunes, 9 de enero de 2012
El almuerzo desnudo
Durante el mes siguiente utilicé las ocho ampollas que no había vendido. El miedo que había experimentado tras la utilización de la primera ampolla no se reprodujo a partir de la tercera; sin embargo, de vez en cuando, y tras una inyección, despertaba con un comienzo de miedo. Seis semanas después telefoneé a Roy, aunque no confiaba que hubiera regresado de su viaje. Pero oí su voz al teléfono. Le dije: -Oye, ¿tienes algo para vender? De aquello que yo te vendí a ti antes. Hubo una pausa. -Sí -dijo-, puedo pasarte seis, pero el precio es de tres dólares cada una. Es que no tengo muchas. Ya sabes. -De acuerdo -dije-. Ya sabes el camino. Acércamelas hasta aquí. Se trataba de doce tabletas de un cuarto de grano metidas en un tubo estrecho de cristal. Le pagué los dieciocho dólares y volvió a lamentarse del precio ETC....
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